sábado, 18 de diciembre de 2021

El Modelo Inmunopatológico en Homeopatía


By MedFalch®


Según Hahnemann, los síntomas de una enfermedad aguda o crónica son el resultado de la alteración de la “fuerza vital”. Al revisar este concepto en términos más actuales, no es improbable que el fundador de la homeopatía quisiera resaltar esa forma fundamental de homeostasis necesaria para mantener el estado de salud, que probablemente coincide en su mayor parte con la integridad individual con respecto al mundo circundante.

Dado que el intercambio de información entre el individuo y el entorno es bastante complejo y de diversa índole, en un sentido amplio podría definirse como “la capacidad de discriminación que posee el individuo con respecto al entorno en el que él está insertado”.

Hahnemann había intuido felizmente, hace más de dos siglos, la importancia de tales conceptos. Si la pura experimentación deriva de la necesidad de estudiar intencionalmente las enfermedades inducidas artificialmente (una especie de alteración de la fuerza vital que se desencadena durante un tiempo determinado, para verificar los efectos primarios de sustancias extrañas), el criterio infeccioso subyacente a las enfermedades crónicas implica la posibilidad de que esta alteración permanezca indefinida en el tiempo; en ambos casos, los síntomas derivan del intento de la fuerza vital de volver al equilibrio preexistente. En el transcurso de la pura experimentación, este equilibrio se restablece en tiempos y formas que están condicionados por la dinámica de la droga; mientras que la enfermedad crónica natural implica una perturbación que persiste y evoluciona en el tiempo, ya que la regresión espontánea es imposible.

Traducido a una terminología más actual, este fenómeno se puede interpretar como una activación inmune del organismo en respuesta a un patógeno: en este contexto, los síntomas de la enfermedad resultantes de esta respuesta expresan la tendencia del huésped a limitar y eliminar la noxa mediante el uso de componentes biológicos (citocinas inflamatorias, sistema del complemento, activación de linfocitos, etc.).

Desde este punto de vista, la alteración de la fuerza vital es en gran parte superponible a la memoria de linfocitos y anticuerpos en la base de numerosos mecanismos patogénicos, al menos en lo que respecta a las enfermedades autoinmunes (conceptos retomados en algunas de las formas degenerativas descritas por Hahnemann): por analogía, también en este caso, el mecanismo debe considerarse evolutivo y no susceptible de remisión espontánea. De lo anterior, las fuertes superposiciones que existen entre el paradigma homeopático de las enfermedades crónicas (como fueron expuestas en ese momento por Hahnemann) y las adquisiciones más recientes en inmunopatología emergen de manera abrumadora.

El desencadenante infeccioso de una forma crónica (en la mayoría de los casos distante en el tiempo o, en todo caso, de difícil diagnóstico) lo representó Hahnemann a través de un agente miasmático único, “el de la psora”, más identificable actualmente en la acción patógena que ejercen los virus, las bacterias y parásitos (clasificados colectivamente como el equivalente actual del agente psórico). Es cierto que, cuando se expone la cuestión en estos términos, aún persiste una divergencia con la medicina moderna sobre la posibilidad de que distintos agentes infecciosos puedan activar una misma patología: la artritis reumatoide, por ejemplo, está asociada al virus de Epstein-Barr (EBV), a Borrelia burgdoferi y las cepas patógenas de Proteus y Coli.

Por tanto, la necesidad de interpretar las modalidades etiopatogénicas a la luz de la investigación moderna y a través del amplio espectro de posibilidades que ofrece la microbiología permanece inalterada: la evolución de la enfermedad, así como la susceptibilidad del patógeno, se ven afectadas por la constitución del patógeno individuo, entendido de forma más moderna (de acuerdo con un enfoque inmunopatológico probado) como una forma de asociación con Antígenos Leucocitarios Humanos (HLA). Esta predisposición representa una condición necesaria (pero no suficiente) para el determinismo de la patología, ya que es la propia infección la que asume el significado de desencadenante: el HLA constituye, por tanto, no solo un código de control individual de la respuesta inmune, sino también un ideal terreno para detectar susceptibilidad o resistencia a patógenos.

Es sobre estas consideraciones que el mecanismo patogénico de las enfermedades crónicas puede explicarse por una especie de alteración persistente de la fuerza vital Hahnemanniana a través de una respuesta, indefinida en el tiempo, del sistema inmunológico; esta alteración, fácil y únicamente identificable por estar sustentada por la activación específica de linfocitos y anticuerpos, siempre está asociada a una sintomatología consecuente y es consecuentemente característica del estímulo infeccioso que la desencadenó: hepatitis crónica activa por el Virus de la Hepatitis C (VHC), gastritis crónica activa en el caso de Helicobacter pylori, etc. A estas analogías es necesario agregar la oportunidad, aunque bastante frecuente, de que el agente infeccioso se caracteriza por similitudes estructurales con el organismo huésped, de donde deriva una respuesta directa en ambas direcciones (biológico propio y no propio); esta similitud biológica, actualmente definida con el término mimetismo molecular, es de fundamental importancia si el código HLA individual está involucrado: en el ejemplo de la artritis, el gen HLA-DR4 tiene homologías de secuencia muy significativas con EBV, Borrelia, Proteus y Coli.

Los Criterios Inmunofarmacológicos

La experimentación pura representa el primum movens de la metodología homeopática. El estudio de la sintomatología, inducida artificialmente mediante la administración de las sustancias individuales en un individuo presuntamente sano, expresa todo el potencial terapéutico aplicable a las enfermedades naturales: por tanto, la homeopatía actúa por analogía, llegando a la recuperación del paciente gracias a una comparación entre los efectos del fármaco y el conjunto de síntomas del paciente.

Este fenómeno siempre ha representado un gran obstáculo para la verificación experimental invocada en voz alta por el mundo académico, ya que las alteraciones descritas por cada experimentador se caracterizan por un significado demasiado subjetivo y son difíciles de reproducir; en realidad y en más de una ocasión, Hahnemann insiste en la necesidad de verificar las modificaciones artificiales con los cuadros de intoxicación y envenenamiento.

Desde este punto de vista es obvio que la experimentación, realizada a dosis bajas, nunca podrá provocar tales alteraciones, aunque estas alteraciones sigan teniendo notables similitudes con las alteraciones sensoriales percibidas por los experimentadores. No es casualidad que Hahnemann afirmara que sólo lo que se percibe con los órganos de los sentidos, despojado de toda interpretación personal, adquiere un valor sintomático que puede reproducirse en la totalidad de los casos. Además, una conducta diferente sería inimaginable, especialmente si se informa en un período anterior a la teoría celular de Virckow (postulaba que las células se formaban a partir de células preexistentes y no de material amorfo. Toda célula proviene de otra anterior), el proponente del modelo actual de estudios biológicos.

Esta es la razón por la que, al menos en parte, el modelo experimental de Hahnemann, basado conceptualmente en el criterio de similitud, puede ser compartido por la inmunofarmacología moderna y puede verificarse según una metodología experimental adecuada a la medicina académica. En este sentido, no se debe olvidar que la acción de las citocinas, de manera similar a lo que se implementa en la homeopatía, se ha estudiado de manera más concreta solo desde el momento en que fue posible realizar experimentos en voluntarios sanos; hasta entonces solo se conocían las acciones que, sin embargo, podían verificarse parcialmente en el laboratorio en estudios in vitro: Factor de Necrosis Tumoral (TNF), caracterizado por una acción necrotizante sobre las células tumorales in vitro, en el individuo manifiesta una considerable proinflamatoria (fiebre, artromialgia, anorexia, etc.).

Este tipo de "experimentación homeopática pura" realizada en voluntarios sanos sólo ha sido posible desde que la biotecnología del ADN recombinante ha permitido producir cantidades considerables de citocinas; lo mismo sucedió con la interleucina-1 (IL-1), la interleucina-2 (IL-2) y con muchas otras moléculas que intervienen en numerosos mecanismos de información del sistema inmunológico (moléculas de adhesión, otras citocinas, crecimiento). Manteniendo las diferenciaciones necesarias, la metodología homeopática se acerca a la medicina moderna también por la posibilidad de utilizar terapéuticamente fármacos específicos contra patologías o patógenos igualmente particulares. Esta conducta, que aún no es plenamente apreciada por la comunidad médica homeopática, se remonta a los estudios originales de Hahnemann sobre la sífilis y las epidemias agudas.

Hahnemann considera que el mercurio es el único fármaco capaz de eliminar las enfermedades venéreas (que también se interpreta erróneamente en su totalidad); bajo este aspecto cabe destacar que se adhiere a la llamada teoría unitaria de la sífilis, según la cual la blenorragia no es más que la expresión secundaria de la úlcera: en consecuencia, un único agente infeccioso corresponde a un único fármaco, Mercurius solubilis. Pero Hahnemann va más allá, afirmando que incluso las epidemias que siempre parecen iguales a ellas mismas, ya que son producidas por patógenos específicos, pueden encontrar un equivalente farmacológico igualmente peculiar.

En el caso de la escarlatina, por ejemplo, Hahnemann recomienda Belladona como único remedio capaz de realizar una profilaxis adecuada; el mismo fármaco está indicado en la enfermedad de la rabia, junto con Stramonium y Hyoscyamus niger, haciendo la elección exclusivamente sobre la base de las características individuales de expresión sintomatológica. Se recomiendan Bryonia y Rhus radicans, alternativamente, como específicos para el tifus abdominal, eventualmente seguidos de Phosphorus en caso de que persistan las secuelas de esta grave enfermedad (astenia, caída del cabello, intolerancia a algunos alimentos, etc.). Se recomienda Drosera por su gran parecido con los síntomas de la tos ferina, mientras que recomienda el uso de Aconitum en la púrpura miliar (más asociada actualmente a la púrpura de Schonlein-Henoch). Y de nuevo, Camphora encuentra un uso útil en la profilaxis del cólera, mientras que, en el caso de la enfermedad evidente, los específicos están representados por Cuprum y Veratrum album, hasta el tratamiento de la llamada "disentería de otoño", hoy clasificada nosológicamente como enterocolitis bacteriana.

En este último caso, Hahnemann no puede adivinar el origen real de esta patología, inducida por Shigella disenteriae, un microorganismo que solo será descubierto a finales del siglo XIX por el microbiólogo homónimo: de ello se deduce que es solo gracias al criterio de similitud, por la gran similitud de los síntomas (tenesmo y ardor abdominal, con o sin descargas diarreicas) con los inducidos por la intoxicación con sublimado corrosivo en el hombre sano, que Hahnemann llega a esta conclusión. Por último, pero no menos importante, Hahnemann indica en Thuja (alternando con Nitricum acidum, en caso de recaídas o después de supresiones locales) la especificidad de otra enfermedad transmisiva como la condilomatosis; este mismo remedio también se considera útil para los trastornos derivados del injerto de una vacuna, ya que provoca (con pura experimentación) erupciones pustulosas muy similares a las de la viruela.

Por cierto, Hahnemann tiene una gran consideración del trabajo de Jenner, ya que la profilaxis de la vacunación se practica sobre la base de lo similar: la vacuna, de hecho, se deriva de las pústulas de la viruela bovina, que es similar a la humana. Es interesante notar que el método siguiendo a Jenner ha cambiado este enfoque, ya que utiliza el ídem (isopatía) para la preparación de vacunas distintas a la antivariólica. Dado que Hahnemann prescribe Thuja sobre la base de la acción específica contra la viruela, es al menos curioso que los homeópatas posteriores hayan tenido en cuenta a Thuja en sí misma para los efectos negativos de todas las vacunas: partiendo de la noción de específico, de hecho, toda vacuna merece un fármaco, al igual que la identificación de un patógeno, requiere una terapia igualmente dirigida.

El estado de salud se define como el mantenimiento de un equilibrio homeostático complejo, cuya ruptura suele estar determinada por la acción de una noxa patógena externa que actúa sobre una predisposición constitucional. Este concepto, intuido por Hahnemann hace más de dos siglos, puede describirse actualmente según un modelo inmunopatológico que interpreta los síntomas asociados a muchas patologías como consecuencia de un estímulo desencadenante, principalmente de tipo infeccioso, al que sigue el intento realizado por el organismo para volver al equilibrio preexistente. Este modelo, además de permitir una verificación científica real del criterio de similitud propuesto por Hahnemann, reinterpreta los conceptos teóricos que subyacen al uso de este criterio en la elección del remedio homeopático a la luz de la inmunología moderna.

 

 

Tomado de: Il Medico Omeopata – Rivista.

Autores: Angelo Micozzi, Gino Santini.