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Según Hahnemann, los síntomas de una
enfermedad aguda o crónica son el resultado de la alteración de la “fuerza
vital”. Al revisar este concepto en términos más actuales, no es improbable
que el fundador de la homeopatía quisiera resaltar esa forma fundamental de
homeostasis necesaria para mantener el estado de salud, que probablemente
coincide en su mayor parte con la integridad individual con respecto al mundo
circundante.
Dado que el intercambio de información entre
el individuo y el entorno es bastante complejo y de diversa índole, en un
sentido amplio podría definirse como “la capacidad de discriminación que posee
el individuo con respecto al entorno en el que él está insertado”.
Hahnemann había intuido felizmente, hace más
de dos siglos, la importancia de tales conceptos. Si la pura experimentación
deriva de la necesidad de estudiar intencionalmente las enfermedades inducidas
artificialmente (una especie de alteración de la fuerza vital que se
desencadena durante un tiempo determinado, para verificar los efectos primarios
de sustancias extrañas), el criterio infeccioso subyacente a las enfermedades
crónicas implica la posibilidad de que esta alteración permanezca indefinida en
el tiempo; en ambos casos, los síntomas derivan del intento de la fuerza vital
de volver al equilibrio preexistente. En el transcurso de la pura
experimentación, este equilibrio se restablece en tiempos y formas que están
condicionados por la dinámica de la droga; mientras que la enfermedad crónica
natural implica una perturbación que persiste y evoluciona en el tiempo, ya que
la regresión espontánea es imposible.
Traducido a una terminología más actual, este
fenómeno se puede interpretar como una activación inmune del organismo en
respuesta a un patógeno: en este contexto, los síntomas de la enfermedad
resultantes de esta respuesta expresan la tendencia del huésped a limitar y
eliminar la noxa mediante el uso de componentes biológicos (citocinas
inflamatorias, sistema del complemento, activación de linfocitos, etc.).
Desde este punto de vista, la alteración de
la fuerza vital es en gran parte superponible a la memoria de linfocitos y
anticuerpos en la base de numerosos mecanismos patogénicos, al menos en lo que
respecta a las enfermedades autoinmunes (conceptos retomados en algunas de las
formas degenerativas descritas por Hahnemann): por analogía, también en este
caso, el mecanismo debe considerarse evolutivo y no susceptible de remisión
espontánea. De lo anterior, las fuertes superposiciones que existen entre el
paradigma homeopático de las enfermedades crónicas (como fueron expuestas en
ese momento por Hahnemann) y las adquisiciones más recientes en inmunopatología
emergen de manera abrumadora.
El desencadenante infeccioso de una forma
crónica (en la mayoría de los casos distante en el tiempo o, en todo caso, de
difícil diagnóstico) lo representó Hahnemann a través de un agente miasmático
único, “el de la psora”, más identificable actualmente en la acción patógena
que ejercen los virus, las bacterias y parásitos (clasificados colectivamente
como el equivalente actual del agente psórico). Es cierto que, cuando se expone
la cuestión en estos términos, aún persiste una divergencia con la medicina
moderna sobre la posibilidad de que distintos agentes infecciosos puedan
activar una misma patología: la artritis reumatoide, por ejemplo, está asociada
al virus de Epstein-Barr (EBV), a Borrelia burgdoferi y las cepas patógenas de
Proteus y Coli.
Por tanto, la necesidad de interpretar las
modalidades etiopatogénicas a la luz de la investigación moderna y a través del
amplio espectro de posibilidades que ofrece la microbiología permanece
inalterada: la evolución de la enfermedad, así como la susceptibilidad del
patógeno, se ven afectadas por la constitución del patógeno individuo,
entendido de forma más moderna (de acuerdo con un enfoque inmunopatológico
probado) como una forma de asociación con Antígenos Leucocitarios
Humanos (HLA). Esta predisposición representa una condición necesaria (pero no
suficiente) para el determinismo de la patología, ya que es la propia infección
la que asume el significado de desencadenante: el HLA constituye, por tanto, no
solo un código de control individual de la respuesta inmune, sino también un
ideal terreno para detectar susceptibilidad o resistencia a patógenos.
Es sobre estas consideraciones que el
mecanismo patogénico de las enfermedades crónicas puede explicarse por una
especie de alteración persistente de la fuerza vital Hahnemanniana a través de
una respuesta, indefinida en el tiempo, del sistema inmunológico; esta
alteración, fácil y únicamente identificable por estar sustentada por la
activación específica de linfocitos y anticuerpos, siempre está asociada a una
sintomatología consecuente y es consecuentemente característica del estímulo
infeccioso que la desencadenó: hepatitis crónica activa por el Virus de la
Hepatitis C (VHC), gastritis crónica activa en el caso de Helicobacter pylori,
etc. A estas analogías es necesario agregar la oportunidad, aunque bastante
frecuente, de que el agente infeccioso se caracteriza por similitudes estructurales
con el organismo huésped, de donde deriva una respuesta directa en ambas
direcciones (biológico propio y no propio); esta similitud biológica,
actualmente definida con el término mimetismo molecular, es de fundamental
importancia si el código HLA individual está involucrado: en el ejemplo de la
artritis, el gen HLA-DR4 tiene homologías de secuencia muy significativas con
EBV, Borrelia, Proteus y Coli.
Los Criterios Inmunofarmacológicos
La experimentación pura representa el primum
movens de la metodología homeopática. El estudio de la sintomatología, inducida
artificialmente mediante la administración de las sustancias individuales en un
individuo presuntamente sano, expresa todo el potencial terapéutico aplicable a
las enfermedades naturales: por tanto, la homeopatía actúa por analogía,
llegando a la recuperación del paciente gracias a una comparación entre los
efectos del fármaco y el conjunto de síntomas del paciente.
Este fenómeno siempre ha representado un gran
obstáculo para la verificación experimental invocada en voz alta por el mundo
académico, ya que las alteraciones descritas por cada experimentador se
caracterizan por un significado demasiado subjetivo y son difíciles de
reproducir; en realidad y en más de una ocasión, Hahnemann insiste en la necesidad
de verificar las modificaciones artificiales con los cuadros de intoxicación y
envenenamiento.
Desde este punto de vista es obvio que la
experimentación, realizada a dosis bajas, nunca podrá provocar tales
alteraciones, aunque estas alteraciones sigan teniendo notables similitudes con
las alteraciones sensoriales percibidas por los experimentadores. No es
casualidad que Hahnemann afirmara que sólo lo que se percibe con los órganos de
los sentidos, despojado de toda interpretación personal, adquiere un
valor sintomático que puede reproducirse en la totalidad de los casos. Además,
una conducta diferente sería inimaginable, especialmente si se informa en un
período anterior a la teoría celular de Virckow (postulaba que las células se formaban a partir de
células preexistentes y no de material amorfo. Toda célula proviene de otra
anterior), el proponente del modelo actual de
estudios biológicos.
Esta es la razón por la que, al menos en
parte, el modelo experimental de Hahnemann, basado conceptualmente en el
criterio de similitud, puede ser compartido por la inmunofarmacología moderna y
puede verificarse según una metodología experimental adecuada a la medicina
académica. En este sentido, no se debe olvidar que la acción de las citocinas,
de manera similar a lo que se implementa en la homeopatía, se ha estudiado de
manera más concreta solo desde el momento en que fue posible realizar experimentos
en voluntarios sanos; hasta entonces solo se conocían las acciones que, sin
embargo, podían verificarse parcialmente en el laboratorio en estudios in
vitro: Factor de Necrosis Tumoral (TNF), caracterizado por una acción
necrotizante sobre las células tumorales in vitro, en el individuo manifiesta
una considerable proinflamatoria (fiebre, artromialgia, anorexia, etc.).
Este tipo de "experimentación
homeopática pura" realizada en voluntarios sanos sólo ha sido posible
desde que la biotecnología del ADN recombinante ha permitido producir
cantidades considerables de citocinas; lo mismo sucedió con la interleucina-1
(IL-1), la interleucina-2 (IL-2) y con muchas otras moléculas que intervienen
en numerosos mecanismos de información del sistema inmunológico (moléculas de
adhesión, otras citocinas, crecimiento). Manteniendo las diferenciaciones
necesarias, la metodología homeopática se acerca a la medicina moderna también
por la posibilidad de utilizar terapéuticamente fármacos específicos contra
patologías o patógenos igualmente particulares. Esta conducta, que aún no es
plenamente apreciada por la comunidad médica homeopática, se remonta a los
estudios originales de Hahnemann sobre la sífilis y las epidemias agudas.
Hahnemann considera que el mercurio es el único fármaco capaz de eliminar las enfermedades venéreas (que también se interpreta erróneamente en su totalidad); bajo este aspecto cabe destacar que se adhiere a la llamada teoría unitaria de la sífilis, según la cual la blenorragia no es más que la expresión secundaria de la úlcera: en consecuencia, un único agente infeccioso corresponde a un único fármaco, Mercurius solubilis. Pero Hahnemann va más allá, afirmando que incluso las epidemias que siempre parecen iguales a ellas mismas, ya que son producidas por patógenos específicos, pueden encontrar un equivalente farmacológico igualmente peculiar.
En el caso de la escarlatina, por ejemplo, Hahnemann recomienda Belladona como único remedio capaz de realizar una profilaxis adecuada; el mismo fármaco está indicado en la enfermedad de la rabia, junto con Stramonium y Hyoscyamus niger, haciendo la elección exclusivamente sobre la base de las características individuales de expresión sintomatológica. Se recomiendan Bryonia y Rhus radicans, alternativamente, como específicos para el tifus abdominal, eventualmente seguidos de Phosphorus en caso de que persistan las secuelas de esta grave enfermedad (astenia, caída del cabello, intolerancia a algunos alimentos, etc.). Se recomienda Drosera por su gran parecido con los síntomas de la tos ferina, mientras que recomienda el uso de Aconitum en la púrpura miliar (más asociada actualmente a la púrpura de Schonlein-Henoch). Y de nuevo, Camphora encuentra un uso útil en la profilaxis del cólera, mientras que, en el caso de la enfermedad evidente, los específicos están representados por Cuprum y Veratrum album, hasta el tratamiento de la llamada "disentería de otoño", hoy clasificada nosológicamente como enterocolitis bacteriana.
En este último caso, Hahnemann no puede adivinar
el origen real de esta patología, inducida por Shigella disenteriae, un
microorganismo que solo será descubierto a finales del siglo XIX por el
microbiólogo homónimo: de ello se deduce que es solo gracias al criterio de similitud,
por la gran similitud de los síntomas (tenesmo y ardor abdominal, con o sin
descargas diarreicas) con los inducidos por la intoxicación con sublimado
corrosivo en el hombre sano, que Hahnemann llega a esta conclusión. Por último,
pero no menos importante, Hahnemann indica en Thuja (alternando con Nitricum acidum, en caso de recaídas o después de supresiones locales) la especificidad
de otra enfermedad transmisiva como la condilomatosis; este mismo remedio
también se considera útil para los trastornos derivados del injerto de una vacuna,
ya que provoca (con pura experimentación) erupciones pustulosas muy similares a
las de la viruela.
Por cierto, Hahnemann tiene una gran
consideración del trabajo de Jenner, ya que la profilaxis de la vacunación se
practica sobre la base de lo similar: la vacuna, de hecho, se deriva de las
pústulas de la viruela bovina, que es similar a la humana. Es interesante notar
que el método siguiendo a Jenner ha cambiado este enfoque, ya que utiliza el
ídem (isopatía) para la preparación de vacunas distintas a la antivariólica.
Dado que Hahnemann prescribe Thuja sobre la base de la acción específica contra
la viruela, es al menos curioso que los homeópatas posteriores hayan tenido en
cuenta a Thuja en sí misma para los efectos negativos de todas las vacunas: partiendo
de la noción de específico, de hecho, toda vacuna merece un fármaco, al igual
que la identificación de un patógeno, requiere una terapia igualmente dirigida.
El estado de salud se define como el
mantenimiento de un equilibrio homeostático complejo, cuya ruptura suele estar
determinada por la acción de una noxa patógena externa que actúa sobre una
predisposición constitucional. Este concepto, intuido por Hahnemann hace
más de dos siglos, puede describirse actualmente según un modelo
inmunopatológico que interpreta los síntomas asociados a muchas patologías como
consecuencia de un estímulo desencadenante, principalmente de tipo infeccioso,
al que sigue el intento realizado por el organismo para volver al equilibrio
preexistente. Este modelo, además de permitir una verificación científica real
del criterio de similitud propuesto por Hahnemann, reinterpreta los conceptos
teóricos que subyacen al uso de este criterio en la elección del remedio
homeopático a la luz de la inmunología moderna.
Tomado de: Il
Medico Omeopata – Rivista.
Autores: Angelo Micozzi, Gino Santini.